¿Por qué rechazamos la locura?

¿Por qué andamos por la vida verificando que no estamos locos? ¿Para qué queremos ser normales?¿Cuándo comenzamos a tratar a los no-normales como seres inferiores? ¿Cómo nos atrevemos a hablar de ellos y nosotros? ¿Qué se satisface cuando hacemos esa división? ¿Qué se satisface cuando observamos la locura? A través del lente, a través de la foto, a través de la foto tomada a través del lente, vista a través del agalma del mundo del arte. ¿Qué se satisface? ¿Qué es la locura? Una guarida. Un refugio. Y si no, ¿qué entonces? Porque ese desbalance químico, ese gen, habita un cuerpo que habita un lenguaje. Lenguaje que da contorno a la manera como cada uno necesita su locura más allá de sólo ser el rastro que deja el peso de un cuerpo sobre el colchón o el ojo que se acostumbra a los colores desteñidos de las paredes del psiquiátrico. Por estas vías nos llevan las escenas construidas por Alejandra Mastro. Espacios físicos en los que se desarrolla una acción ante los ojos de los espectadores: la acción del desamparo subjetivo. El horror de cualquier ser humano, no valer nada para nadie. Ser desperdicio social. Esas escenas las construye Alejandra para que sean gentiles al ojo pero siniestras al sujeto. Hay astucia. Nos llama a ver para luego horrorizarnos al realizar de qué trata esa habitación que estoy viendo. Por que no es cualquiera. Es producto de las bondades de la globalización. Esas que eliminan cualquier grado de separación al lograr que dos personas, cercanas o lejanas, se conviertan en próximas. En la que el tiempo se comprime casi a cero permitiendo que haya cientos de acciones ocurriendo simultáneamente desde distintos lugares del globo con la posibilidad de difundirse a cualquier lugar del mundo. ¡La globalización es la máquina perfecta para la creación de recursos! Pero, ¿quién opera esta máquina y quién es el beneficiario? Se maneja a sí misma, independiente de cualquier subjetividad, y tiende a un fin, el de no detenerse y favorecer su propio funcionamiento en beneficio de la acumulación por la acumulación misma. Todo a un costo. Lo cual pone en cuestión si funciona tan impecablemente como se nos hace creer. Es en ese punto de duda que se ubica esta investigación fotográfica longitudinal de Alejandra Mastro. Nos pone frente a lo que ocurre tras bambalinas de este gran espectáculo. Detiene nuestra mirada ante lo que elegimos no advertir: aquello que resta, eso que ya no tiene un valor utilitario para el funcionamiento de la máquina debe desecharse.

 

Mastro congela la escena y la amplia a una dimensión simbólica e imaginaria mayor para hacer imposible no advertir el abandono, la marginación, el olvido. En ese sentido, este inventario visual de (casi) sólo objetos inanimados recrudece el sentimiento de desamparo, y al sujeto implícito no podemos si no imaginarlo cómo aquél en cuyo cuerpo se lee que está segregado de todo grupo humano. Un sujeto inútil y desechado por una ética del mercado que sólo pide consumidores en lugar de seres vivos.

 

Paolina Zamora.

Psicoanalista.

Crítica de arte

Miembro del Board de la Tate Gallery